Amados:
Hace un tiempo atras llegó a mi correo electronico este auto examen; lo comparto con ustedes tal como lo recibí....
Bendiciones!!!
Pr. Armando
SEÑALES QUE INDICAN SI USTED ES UN RELIGIOSO
«Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe» (2 Corintios 13.5).
La mayoría de nosotros estamos sujetos al espíritu de religiosidad por lo menos en algún grado.
Pablo nos exhorta a examinarnos.
Observe las señales que se indican a continuación y marque las maneras en que usted podría tener un espíritu de religiosidad.
1. Tendencia, a ver como su misión primordial derribar lo que usted piensa que está errado.
El ministerio de esta persona producirá más división que obras duraderas.
2. Incapacidad para aceptar la reprensión, especialmente de parte de quienes usted juzga que son menos espirituales que usted mismo.
Piense en cómo ha respondido usted las últimas veces cuando alguien trató de corregirlo.
3. Filosofía de no escuchar a otras personas, «sino solo a Dios».
Puesto que Dios por lo general habla por medio de otras personas, esto es obviamente un engaño y revela un serio orgullo espiritual.
4. Inclinación a ver mas lo que está mal en otros y otras iglesias que lo que esta bien en ellos.
Juan vio a Babilonia desde el valle, pero cuando fue llevado a «un monte alto» vio la nueva Jerusalén (Apocalipsis 21.10). Si vemos nada más que a Babilonia, nuestra perspectiva está errada. Los que están en un lugar de verdadera visión se enfocarán en lo que Dios está haciendo, no en algún logro humano.
5. Culpa abrumadora de que nunca podrá alcanzar las normas del Señor.
Esta es la raíz del espíritu de religiosidad porque le lleva a considerar su relación con el Señor en base a su desempeño en lugar de en la cruz.
6. ¡Creerse que lo han nombrado para que arregle a todos los demás!
Los vigilantes o alguaciles auto nombrados en el Reino de Dios rara vez participan en construir algo; mantienen a la Iglesia en un estado de fastidio y agitación y pueden causar divisiones serias.
7. Un estilo de liderazgo mandón, imponente e intolerante respecto a los errores de otros.
Santiago dijo: «Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz» (Santiago 3.17-18).
8. Sentirse que estar más cerca de Dios que de otras personas o que de su vida o ministerio le agrada más a El.
Este es un síntoma del engaño profundo de que nos acercamos más a Dios debido a lo que somos en lugar de por medio de Cristo.
9. Orgullo en su madurez o disciplina espiritual, especial- mente al compararse con otros.
La verdadera madurez espiritual incluye crecer en Cristo. Cuando empezamos a compararnos con otros es obvio que hemos perdido de vista nuestra verdadera meta: Cristo.
10. Creer que usted está en la vanguardia de lo que Dios está haciendo.
Esto incluye pensar que está participando en lo más importante que Dios está haciendo. De nuevo, esto es orgullo espiritual y egocentrismo aun cuando fuera verdad. A los que se les confían las misiones importantes tienen la gracia para cumplirlas porque Dios «da gracia a los humildes» (Santiago 4.6).
11. Vida mecánica de oración.
Cuando usted empieza a sentirse aliviado al acabar el tiempo de oración o al terminar con toda su lista de oración, debe verificar su condición. No hay por qué sentir alivio cuando acabe su conversación con aquel a quien ama.
12. Hacer cosas para que la gente lo note.
Este es un síntoma de la idolatría cuando se teme a la gente más de lo que tememos a Dios y resulta en una religión que sirve a la gente en lugar de a Dios.
13. Sentir demasiada repulsión por el emocionalismo.
Cuando la gente que está sujeta al espíritu de religiosidad encuentra la verdadera vida de Dios, por lo general les parece excesiva, emocional y carnal. La verdadera pasión por Dios es emotiva y demostrativa. ¿Recuerda cómo David danzaba al traer el arca en Jerusalén? ¿Y recuerda cómo esto disgustó a su esposa Mical y ella quedó estéril a partir de ese día? (Véase 2 Samuel 7.23.) Un espíritu criticón lo llevará a la esterilidad espiritual.
14. Usar el emocionalismo como sustituto de la obra del Espíritu. Santo.
¿Piensa usted que el arrepentimiento debe ir acompañado de llanto y lamento ?
¿ O que uno debe «caer bajo el poder» para que Dios verdaderamente lo toque? Aun cuando estas dos cosas pueden ser evidencias de la verdadera obra del Espíritu Santo, usted está empezando a moverse en otro espíritu si exige estas manifestaciones.
Durante las reuniones de Jonatán Edwards en el Primer Gran Despertamiento, algunos de los más rebeldes cayeron a tierra y se quedaron allí por veinticuatro horas. Estas manifestaciones al parecer extrañas avivaron el Gran Despertamiento, puesto que estos hombres en realidad cambiaron. Incluso así, Edwards dijo que algunos que fingieron estas manifestaciones tuvieron más participación en ponerle fin al Gran Despertamiento que los enemigos del mismo.
15. Llevar cuentas de su vida espiritual.
¿Se siente mejor de sí mismo porque asiste a más reuniones, lee más la Biblia o hace para el Señor más cosas que los demás? Estos son esfuerzos nobles, pero la verdadera medida de la madurez espiritual es acercarse más al Señor.
16. Animarse cuando su ministerio se ve mejor que el de otros.
Esto incluye sentirse desanimado cuando le parece que otros ministerios se desarrollan y crecen más rápido.
17. Gloriarse más en lo que Dios ha hecho en el pasado que en lo que esta haciendo en el presente.
Dios no ha cambiado; es el mismo ayer, hoy y por los siglos. El velo ha sido quitado; podemos acercarnos tanto a Dios hoy como cualquiera en el pasado. Un espíritu de religiosidad siempre trata de enfocar nuestra atención en hacer comparaciones en lugar de sencillamente acercarnos más al Señor.
18. Tendencia a, sospechar u oponerse a nuevos movimientos o iglesias.
Este es un síntoma obvio de celos, fruto primordial del espíritu de religiosidad, o de orgullo, que afirma que Dios no hará nada nuevo sino por medio de nosotros. Por supuesto, el señor rara vez usa personas con tal mentalidad.
19. Tendencia a rechazar las manifestaciones espirituales que no comprendemos.
Este es un síntoma de orgullo y arrogancia que presume que nuestras opiniones son las de Dios. La verdadera humildad nos mantiene dóciles y abiertos, esperando pacientemente el fruto antes de emitir juicios. Por eso se nos exhorta: «Examinadlo todo; retened lo bueno [no lo malo]» (1 Tesalonicenses 5.21).
20. Reacción exagerada a la carnalidad en la Iglesia.
Es más probable que exista en la Iglesia mucha más carnalidad y mucho menos del Espíritu Santo de lo que incluso el más criticón jamás pudiera pensar.
Debemos aprender a librarnos de nuestra carnalidad y a crecer en sumisión al Espíritu Santo. Pero el criticón quiere aniquilar a los que todavía están haciendo estas cosas en la carne un sesenta por ciento del tiempo (pero que están progresando porque lo hacían un noventa y cinco por ciento
el año pasado), en lugar de ayudarlos a avanzar.
21. Reacción exagerada a la inmadurez en la Iglesia.
El Señor tolera cierta cantidad de inmadurez. Mi hijo de cuatro años es inmaduro comparado con el de catorce años, pero eso está bien. Es más, tal vez sea muy maduro para sus cuatro años. El espíritu de religiosidad idealista solo ve la inmadurez sin considerar los otros factores importantes.
22. Ineptitud para unirse a ninguna cosa que no considere perfecta o casi perfecta
El Señor unió a los seres humanos aquí en la tierra e incluso dio su vida por la raza humana caída. Los apóstoles a quienes llamó y envió a edificar su Iglesia probablemente lograrían que se los incluya en la lista de «Las personas más improbables para triunfar». Esa será nuestra naturaleza, igualmente, si permanecemos en Él. No veremos solamente a la gente como ellos son, sino que también veremos lo que pueden llegar a ser.
23. Si al leer estas señales usted estaba pensando que se aplican a alguna otra persona, tal vez tenga un problema serio con un espíritu de religiosidad.
LA CALIFICACIÓN DEL EXAMEN
Dejaré que usted mismo califique su prueba. Solo recuerde que Pablo no nos dijo que examináramos a nuestro prójimo o a nuestro pastor, sino que nos examináramos nosotros mismos. Confieso que cada uno de estos asuntos se han aplicado a mi vida y estoy seguro que todavía faltan muchos. Todos son el fruto de haber comido del árbol espiritual de la ciencia del bien y del mal y requiere un proceso renovar nuestra mente para liberarla de estas influencias.
Ahora que sabemos cómo nos afecta a cada uno este espíritu de religiosidad, veamos las formas que tiene este, no solo para evitar que nos infecte, sino también para protegernos de las personas que lo tienen.
FORMAS DEL ESPÍRITU DE RELIGIOSIDAD
He visto cinco formas en la que se manifiesta el espíritu de religiosidad: en un don falsificado de discernimiento, un espíritu de Jezabel, justicia propia, el síndrome de mártir y alguna sicología de auto ayuda. Empecemos con el don falsificado de discernimiento.
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EL DON FALSIFICADO DE DISCERNIMIENTO
El espíritu de religiosidad da a luz un don falsificado de discernimiento de espíritus.
Este don prospera al ver lo que está mal en otros antes que ver lo que Dios está haciendo para ayudarlos a avanzar.
(Si marcó los números 4 ó 6 en la prueba, usted tiene la tendencia a tener un don falsificado de discernimiento.)
Su sabiduría está enraizada en el árbol de la ciencia del bien y del mal y aunque la verdad puede ser acertada, es ministrada en un espíritu que mata. La suspicacia, que es motivada por el rechazo, la preservación territorial o la inseguridad general, dan lugar a este don falsificado
Sin embargo, el verdadero don de discernimiento puede funcional solo con amor. Cuando alguien emite juicio o crítica respecto a alguna otra persona o grupo, lo descarto a menos que sepa que la persona ama a la otra genuinamente y que ha «invertido» algo para servirles.
Cuando Pablo advirtió a los corintios respecto a los que ministraban en un espíritu de religiosidad que trataba de imponer sobre la joven Iglesia el yugo del legalismo, declaró que:
«éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia» (2 Corintios 11.13-15).
Por eso Saulo de Tarso, el «fariseo de fariseos», estaba tan enfurecido contra la Iglesia. Las religiones que se basan en obras fácilmente tienden a la violencia, especialmente al verse frente a los que viven por fe. Esto incluye a las religiones «cristianas» en las que la doctrina de las obras ha suplantado a la cruz de Cristo.
Los que se dejan llevar por los espíritus de religiosidad pueden tratar de destruir a los que se les oponen usando otros medios y no solo quitándoles la vida física. Muchas de las masacres en forma de difamación instigadas contra algunas iglesias y ministerios son rabietas de este espíritu de religiosidad
El espíritu de Jezabel es otra forma del espíritu de religiosidad.
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EL ESPÍRITU DE JEZABEL
Jezabel fue la ambiciosa y manipuladora esposa del rey Acab, el pusilánime rey de Israel que le permitió a ella dictar la política del reino. Básicamente, el espíritu de Jezabel es una combinación del espíritu de religiosidad y el espíritu de hechicería, que no es otro que el espíritu de manipulación y control. Este espíritu con frecuencia, pero no siempre, se halla en mujeres profundamente lastimadas. La manera en que se trataba a las mujeres en los tiempos bíblicos y la manera en que se trató a Jezabel al entregársela a un rey extranjero como gesto político, hace comprensible hasta cierto punto por qué ella hizo lo que hizo, aunque no la excusa. Toda prueba en nuestras vidas nos amargará o nos hará mejores y la cruz sanará toda herida espiritual si acudimos a ella. Los que tienen lesiones profundas y que no acuden a la cruz pueden darle entrada a este espíritu maligno.
Jezabel fue la gran enemiga de uno de los más poderosos profetas del antiguo pacto, Elias, cuyo ministerio representaba la preparación del camino para el Señor.
El espíritu de Jezabel también es una de las formas más potentes del espíritu de religiosidad que el enemigo usa tratando de evitar que la Iglesia y el mundo se preparen para el Señor. Este espíritu ataca el ministerio profetico porque este ha sido siempre una manera primordial por medio de la cual el Señor dirige a tiempo y estratégicamente a su pueblo.
Jezabel sabe que al eliminar a los verdaderos profetas, el pueblo quedará vulnerable a sus falsos profetas que siempre llevan a la idolatría y al adulterio espiritual.
Cuando existe un vacío en cuanto a oír la voz del Señor, el pueblo se inclina más al engaño del enemigo. Por eso el enemigo siempre trata de sembrar orgullo en la gente.
Un espíritu de religiosidad produce orgullo religioso para que Dios no se comunique con los orgullosos.
Por eso Cristo llamó «ciegos guías de ciegos» (Mateo 15.14) a los líderes religiosos de su tiempo. Ellos sabían las profecías mesiánicas mejor que nadie en el mundo. Sin embargo, podían mirar directamente a la cara de aquel que era cumplimiento de esas profecías y pensar que había sido enviado por Beelzebú.
Los profetas de Baal y Jezabel también se dedicaban al sacrificio estando incluso listos para sajarse y herirse tratando de lograr que su dios apareciera. Una estrategia primordial del espíritu de religiosidad es lograr que la Iglesia se dedique al sacrificio de tal manera que pervierte el mandamiento de tomar nuestras cruces diariamente.
Esta perversión hará que pongamos más fe en nuestros sacrificios que en el sacrificio del Señor. También usará los sacrificios y ofrendas para tratar de lograr que Dios se manifieste. Esta es una forma terrible del engaño de que de alguna manera podemos comprar con nuestras buenas obras la gracia y la presencia de Dios.
La tercera forma del espíritu de religiosidad es la justicia propia.
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JUSTICIA PROPIA
No nos crucificamos nosotros mismos por causa de la justicia purificación, madurez espiritual o para lograr que el Señor se manifieste; esto no es otra cosa que conjuros.
Hemos sido «crucificados con Cristo» (Gálatas 2.20). Si nos crucificamos nosotros mismos, eso resultará nada más que en justicia propia. Esto es orgullo en su forma más básica porque da la apariencia de sabiduría y justicia. El apóstol Pablo advirtió:
Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal, y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios. Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como:
No manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne (Colosenses 2.18-23).
El espíritu de religiosidad nos hará sentir bien por nuestra condición espiritual siempre y cuando sea egocéntrica y egoísta.
El orgullo hace que uno se sienta bien; puede incluso entusiasmarnos.
Pero toda nuestra atención recae en lo que estamos haciendo o cómo nos comparamos con otros; no en la gloria de Dios. (Si usted marcó los números 8, 9,10, 15 ó 16 en la prueba, tiene por lo menos cierto grado de justicia propia.)
Esto es el resultado de poner nuestra confianza en la disciplina y el sacrificio personal en vez de ponerla en el sacrificio del Señor.
Por supuesto, la disciplina y consagración al sacrificio propio son cualidades esenciales que debe tener todo creyente, pero la motivación detrás de eso es lo que determina si nos impulsa un espíritu de religiosidad o el Espíritu Santo. El espíritu de religiosidad motiva mediante el temor, la culpa, el orgullo o la ambición. La motivación del Espíritu Santo es el amor por el Hijo de Dios.
Deleitarse en la degradación de uno mismo es un síntoma seguro del espíritu de religiosidad. Esto no quiere decir que no debemos disciplinarnos, ayunar o sujetar nuestros cuerpos como lo hacía Pablo. Es deleitarse perversamente en esto, antes que en el Hijo de Dios, lo que revela el problema.
Revelación engañosa
En Colosenses 2.18-19 Pablo explicó que la gente que se deleita en denigrarse a sí misma con frecuencia se entregan a adorar a los ángeles y a asumir posiciones impropias respecto a las visiones que han tenido. El espíritu de religiosidad quiere que adoremos cualquier cosa menos al Señor Jesús.
El mismo espíritu dado a adorar ángeles será proclive a exaltar indebidamente a los seres humanos. Debemos tener cuidado respecto a cualquiera que exalta indebidamente a los ángeles, a los hombres o mujeres de Dios o usa las visiones que ha recibido para adquirir influencia indebida en la Iglesia. Dios no nos da revelaciones para dar prueba de nuestro ministerio o para que la gente nos respete más. Las Escrituras enseñan que los cristianos tienen estas experiencias y que son útiles y necesarias cuando se usan apropiadamente. La palabra clave en este pasaje es que debemos tener cuidado de los que están teniendo estas revelaciones y se «hinchan» por ellas.
El espíritu de religiosidad siempre alimentará nuestro orgullo, mientras que la verdadera madurez espiritual siempre nos conducirá a una humildad creciente. Esta humildad progresiva queda maravillosamente demostrada en la vida de Pablo. En su carta a los gálatas, que se calcula fue escrita aproximadamente por el año 56 d.C., él declaró que cuando visitó a los apóstoles originales en Jerusalén, ellos «nada nuevo me comunicaron» (Gálatas 2.6). En cierto sentido declaró que sabía tanto como ellos. Cuando escribió a los corintios se llamó a sí mismo «el más pequeño de los apóstoles» (1 Corintios 15.9).
Alrededor del año 61 d.C. declaró ser «menos que el más pequeño de todos los santos» (Efesios 3.8). Finalmente, al escribirle a Timoteo aproximadamente en el año 65 d.C. declaró ser «el primero» de los pecadores (1 Timoteo 1.15), añadiendo que Dios tuvo misericordia de él.
Una revelación verdadera de la misericordia de Dios es el mejor antídoto para el espíritu de religiosidad. El espíritu de religiosidad no se quedará por mucho tiempo cuando crecemos en humildad genuina.
Recuerde que las manifestaciones del espíritu de religiosidad son un don falsificado de discernimiento, un espíritu de Jezabel, que consiste en la manipulación; justicia propia y el síndrome de mártir, que examinaremos a continuación.
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EL SÍNDROME DE MÁRTIR
Ser un verdadero mártir de la fe es uno de los más grandes honores que podemos recibir en esta vida. Cuando esto se pervierte es una forma trágica de engaño. Cuando el espíritu de religiosidad se combina con el síndrome de mártir, es casi imposible que la persona se libre de este engaño.
En ese punto cualquier rechazo o corrección se percibe como el precio que hay que pagar para «estar firme por la verdad», lo que lo aleja más y más de esta y de cualquier posibilidad de corrección. El síndrome de mártir puede también ser una forma del espíritu del suicidio.
Algunas veces es mucho más fácil «morir por el Señor» que vivir por El.
Los que han pervertido su comprensión de la cruz con frecuencia se glorían más en la muerte que en la vida.
La meta de la cruz es la resurrección, no la tumba.
Finalmente, tenemos que ver cómo algunas formas de sicología de autoayuda pueden llevar a un espíritu de religiosidad.
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SICOLOGÍA DE AUTOAYUDA
El movimiento de sicología de autoayuda es un intento sutil de reemplazar el poder de la cruz en la Iglesia. Esta sicología humanística es «otro evangelio» y otra forma del espíritu de religiosidad.
Ciertamente, Pablo nos advierte:
Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en El; arraigados y sobreedificados en El, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias. Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo (Colosenses 2.6-8).
Todos necesitamos «curación interna» en algún grado, pero mucho de lo que se llama curación interna no es más que desenterrar el viejo hombre y tratar de curarlo. Necesitamos matar al viejo hombre y dejarlo. La manera de sanar nuestras heridas espirituales no es un procedimiento o fórmula, sino el perdón sencillo.
Cuando acudimos a la cruz y hallamos verdadera aceptación, basada en la sangre de Cristo, hallamos un amor perfecto que lava toda amargura y resentimiento. Esto parece demasiado sencillo, pero por eso Pablo dijo:
«Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo» (2 Corintios 11.3).
La salvación es sencilla. La liberación es sencilla. La principal estrategia del enemigo es diluir el poder del evangelio haciéndonos añadirle algo. Así es como engañó a Eva.
El Señor había ordenado al hombre y a la mujer que no comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal porque morirían. Cuando se le preguntó al respecto Eva contestó que no podían comer del árbol «ni tocarlo» (Génesis 3.3).
El Señor no había dicho nada en cuanto a tocar el árbol. Añadirle a los mandamientos es tan destructivo como restarle. La gente que piensa que puede impunemente añadirle algo a la Palabra de Dios no la respeta lo suficiente como para guardarla cuando viene la prueba. Si Satanás puede hacernos añadir o sustraer algo de las Escrituras, sabe que nos ha atrapado tal como lo hizo con Eva.
Muchas filosofías y terapias «cristianas» parecen sabias, pero intentan sustituir al Espíritu Santo en nuestras vidas. Algunas personas en verdad necesitan asesoramiento, y muchos asesores cristianos en efecto conducen a la gente a la cruz. Sin embargo, otros simplemente llevan a la gente de regreso al agujero del egocentrismo que los consumirá y trata de tragarse a todo el mundo que los rodea.
A pesar de la terminología cristiana, esta filosofía es un enemigo de la cruz de Cristo.
Finalmente, ¿cómo sabe usted si está libre de la infección de un espíritu de religiosidad? Esta es la prueba de un mensajero verdadero.
LA PRUEBA DE UN MENSAJERO VERDADERO
En Ezequiel 37 el profeta fue llevado al valle de los huesos secos y se le preguntó si podrían vivir. El señor le ordenó que profetizara a esos huesos. Mientras profetizaba, los huesos se unieron, cobraron vida y formaron un gran ejército. Esta es una prueba que todo verdadero ministro debe pasar. El verdadero profeta puede ver un gran ejército incluso en los huesos más secos. Profetizará vida a esos huesos hasta que la recobren y entonces se conviertan en un ejército.
Un falso profeta con espíritu de religiosidad no hará mucho más que decirles a esos huesos cuan secos están, aumentado el desánimo y la condenación sobre ellos, pero sin darles vida ni poder para superar sus circunstancias. A los apóstoles y profetas se les ha dado autoridad para edificar y derribar, pero no tenemos derecho de derribar si primero no hemos construido.
No le daré a nadie la autoridad para corregir a alguien bajo mi cuidado a menos que esa persona tenga un historial de animar a la gente.
Usted puede decir que eso elimina el ministerio de los profetas, pero yo digo que esos «profetas» deben ser eliminados del ministerio.
Judas dijo de ellos: «Estos son murmuradores», y busca faltas que «son manchas en vuestros ágapes» (Judas 11-16). Como dice el antiguo refrán: «Cualquier asno puede derribar a patadas el granero, pero se necesita de un hábil carpintero para que construya uno».
El estilo de liderazgo del Señor fue proveer un lugar para que sus seguidores pudieran cometer equivocaciones y aprender de ellas. Si exigiéramos que nuestros hijos sean perfectos, sería contraproductivo, sofocando en realidad su crecimiento y madurez. Lo mismo sucede en la Iglesia. Debemos corregir los errores, porque así es como aprendemos, pero debe ser una corrección que anima y liberta, no una que condena y aplasta la iniciativa. Aun así, como Elí nos dio un ejemplo, ay de los pastores que alimentan y cuidan a las ovejas pero que no las corrigen.
La verdadera gracia de Dios se halla entre los extremos de buscar faltas y la misericordia sin santificar (mostrar misericordia por las cosas que Dios desaprueba).
Cualquier extremo puede ser el resultado de un espíritu de religiosidad. La verdadera religión no es un yugo pesado, sino la mayor libertad y el más grande gozo que el alma humana puede jamás experimentar. Esto puede surgir solo al conocer al Señor y tener comunión con El. Cuando vemos su gloria ya no nos cautivan tanto nuestras propias cualidades positivas o negativas; la belleza del Señor capta nuestras almas. Aun los veinticuatro ancianos arrojan sus coronas a sus pies (Apocalipsis 4.10). Esa es la meta de la verdadera fe: Ver al Señor, permanecer en El y revelarlo. Esto puede sonar demasiado fácil, pero es la única respuesta a nuestro gran dilema.
El mundo está llegando a sentir una repulsión creciente por la religión. Sin embargo cuando Jesús sea levantado, todo el mundo será atraído hacia El. Debido a que la creación entera fue creada por El y para El, tenemos en nuestras almas un agujero enorme, del tamaño de Cristo. Ninguna otra cosa nos dará satisfacción ni nos dará paz, como no sea una genuina relación con El.
(R.J)